DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Solemnidad
Misa vespertina de la vigilia de forma más extensa
1. En las iglesias donde se celebra la misa de la vigilia de forma más extensa, esta misa se puede
celebrar del modo siguiente:
2. a) Si las I Vísperas, rezadas en el coro o en comunidad, preceden inmediatamente a la misa, la
celebración puede comenzar por el versículo introductorio y el himno ven Espíritu divino, o bien
por el canto de entrada (El amor de Dios) con la procesión de entrada y el saludo del celebrante,
omitiendo en uno y otro caso el rito penitencial (cf. Ordenación general de la Liturgia de las Horas,
nn. 94 y 96).
Luego sigue la salmodia de Vísperas hasta la lectura breve exclusive.
Después de la salmodia, omitido el acto penitencial y, según las circunstancias, el Señor ten
piedad, el sacerdote dice la oración: Dios todopoderoso (segunda de la misa de la vigilia).
3. b) Si la misa empieza del modo acostumbrado, después del Señor, ten piedad el sacerdote
dice la oración:
Dios todopoderoso, brille sobre nosotros el resplandor de tu gloria y que tu luz fortalezca, con la iluminación del Espíritu Santo, los corazones de los renacidos por tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo tu hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
℟. Amén.
A continuación, el sacerdote puede exhortar al pueblo con estas palabras u otras semejantes:
Hemos empezado ya, queridos hermanos, la vigilia de Pentecostés; imitando a los apóstoles y
discípulos, que, con María, la madre de Jesús, se dedicaban a la oración, esperando el Espíritu
prometido por el Señor, escuchemos ahora, con atención y con calma, la palabra de Dios.
Meditemos los prodigios que hizo Dios en favor de su pueblo y pidamos que el Espíritu Santo, a
quien el Padre envió como primicia para los creyentes, lleve a plenitud su obra en el mundo.
Siguen luego las lecturas propuestas ad libitum en el Leccionario. El lector se dirige al ambón
y proclama la lectura. Luego, el salmista o el lector proclama el salmo al que responde el pueblo.
Después, poniéndose todos en pie, el sacerdote dice Oremos y, tras un breve lapso de tiempo
que todos dedican a la oración, pronuncia la oración correspondiente a la lectura. En lugar del
salmo responsorial puede guardarse un instante de respetuoso silencio, en cuyo caso se omite
la pausa tras el Oremos.
Primera lectura (Gén 11, 1-9)
Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.
Lectura del libro del Génesis.
Toda la tierra hablaba una misma lengua con las mismas palabras.
Al emigrar los hombres desde oriente, encontraron una llanura en la tierra de Senaar y se establecieron allí.
Se dijeron unos a otros:
«Vamos a preparar ladrillo y a cocerlos al fuego».
Y emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de argamasa.
Después dijeron:
«Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos un nombre, no sea que nos dispersemos por la superficie de la tierra».
El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres.
Y el Señor dijo:
«Puesto que son un solo pueblo con una sola lengua y esto no es más que el comienzo de su actividad, ahora nada que decidan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno entienda la lengua del prójimo».
El Señor los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad.
Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó el Señor por la superficie de la tierra.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial a la primera lectura (Sal 32)
℟. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.
El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre;
los proyectos de su corazón, de edad en edad. ℟.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. ℟.
Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modelo cada corazón,
y comprende todas sus acciones. ℟.
5. Después de la primera lectura (Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda
la tierra: Gén 11, 1-9) y el salmo (32, 10-11. 12.13. 14-15; ℟. [12b] Dichoso el pueblo que el Señor se
escogió como heredad).
Oremos.
Dios todopoderoso,
haz que tu Iglesia permanezca siempre
como pueblo santo,
renacido en la unidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu,
que manifestaste al mundo el signo de tu santidad y unidad,
y que lo conduzca a la perfección de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
Segunda lectura (Éx 19, 3-8. 16-20b)
El Señor descendió al monte Sinaí a la vista del pueblo.
Lectura del libro del Éxodo.
En aquellos días, Moisés subió hacia Dios.
El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios y cómo los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecen y guardan mi alianza, serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Éstas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel».
Fue, pues, Moisés, convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado.
Todo el pueblo, a una, respondió:
«Haremos todo cuanto ha dicho el Señor».
Moisés comunicó la respuesta del pueblo al Señor.
Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. El Señor descendió al monte Sinaí, a la cumbre del monte. El Señor llamó a Moisés a la cima de la montaña.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial a la segunda lectura (opción 1):
(Dan 3)
℟. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso. ℟.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria. ℟.
Bendito eres sobre el trono de tu reino. ℟.
Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos. ℟.
Bendito eres en la bóveda del cielo. ℟.
Salmo responsorial a la segunda lectura (opción 2):
(Sal 18)
℟. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
y instruye a los ignorantes. ℟.
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. ℟.
El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. ℟.
Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. ℟.
6. Después de la segunda lectura (El Señor bajó al monte Sinaí a la vista del pueblo: Éx 19,
3-8a. 16-20b) y el cántico (Dan 3, 52. 53. 54. 55. 56; ℟. [52b] A ti la gloria y alabanza por los
siglos) o el salmo (18, 8. 9. 10. 11; ℟. [Jn 6, 68c] Señor, tú tienes palabras de vida eterna).
Oremos.
Oh, Dios, que en el monte Sinaí,
en medio del resplandor del fuego,
diste a Moisés la ley antigua,
y en el día de hoy,
manifestare la nueva Alianza,
te pedimos que nos inflame continuamente
el mismo Espíritu que infundiste de modo inefable en tus apóstoles
y que el nuevo Israel, convocado de entre todos los pueblos,
reciba con alegría el mandamiento eterno de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
Tercera lectura (Ez 37, 1-14)
Huesos secos, infundiré espíritu sobre ustedes y vivirán.
Lectura de la profecía de Ezequiel.
En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí. El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos.
Me preguntó:
«Hijo de hombre: ¿Podrán revivir estos huesos?».
Yo respondí:
«Señor, Dios mío, tú lo sabes».
Él me dijo:
«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor! Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu sobre ustedes y vivirán. Pondré sobre ustedes los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, les infundiré espíritu y vivirán. Y comprenderán que yo soy el Señor”».
Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu.
Entonces me dijo:
«Conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.
Y me dijo:
«Hijo de hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido, estamos perdidos”. Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré sus sepulcros, y los sacaré de ellos, pueblo mío, y los llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, comprenderán que soy el Señor. Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán; los estableceré en su tierra y comprenderán que yo, el Señor, lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial a la tercera lectura (Sal 106)
℟. Den gracias al Señor,
porque es eterna su misericordia.
O bien:
℟. Aleluya.
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
oriente y occidente, norte y sur. ℟.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida. ℟.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada. ℟.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes. ℟.
7. Después de la tercera lectura (Huesos secos, traeré sobre ustedes espíritu, y
vivirán: Ex 37, 1-14) y el salmo (106, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9; ℟. [1] Den gracias al Señor, porque es
eterna su misericordia, o bien: Aleluya).
Oremos.
Señor, Dios todopoderoso,
que restauras cuanto está caído
y, una vez restaurado, lo conservas,
multiplica los pueblos que han de ser renovados
por la acción santificadora de tu nombre,
para que todos los que reciban el santo bautismo
sean guiados siempre por tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
O bien:
Oh, Dios que nos has regenerado por tu palabra de vida, derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, para que, caminando en la unidad de la fe, merezcamos llegar a la incorruptible resurrección de la carne que habrá de ser glorificada. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
O bien:
Que tu pueblo, oh, Dios, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, para que todo el que se alegra ahora de haber recobrado la gloria de la adopción filial, ansíe el día de la resurrección con la esperanza cierta de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
Cuarta lectura (Jl 3, 1-5)
Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu.
Lectura de la profecía de Joel.
Esto dice el Señor:
«Derramaré mi espíritu sobre toda carne,
sus hijos e hijas profetizarán,
sus ancianos tendrán sueños
y sus jóvenes verán visiones.
Incluso sobre ustedes siervos y siervas
derramaré mi espíritu en aquellos días.
Pondré señales en el cielo y en la tierra:
sangre, fuego y columnas de humo.
El sol se convertirá en tinieblas,
la luna, en sangre
ante el Día del Señor que llega,
grande y terrible.
Y todo el que invoque
el nombre del Señor se salvará.
Habrá supervivientes en el monte Sión,
como lo dijo el Señor,
y también en Jerusalén
entre el resto que el Señor convocará».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial a la tercera lectura (Sal 103)
℟. Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. ℟.
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! ℟.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes. ℟.
Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. ℟.
8. Después de la cuarta lectura (Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu: Jl 3. 1-
5) y el salmo (103, 1-2a. 24 y 35c. 27-28. 29bc-30; ℟. [cf. 30] Envía tu Espíritu, Señor, y
repuebla la faz de la tierra, o bien: Aleluya).
Oremos
Cumple, Señor, en nosotros tu promesa,
para que la venida del Espíritu Santo
nos convierta ante el mundo
en testigos del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
℟. Amén.
9. Luego el sacerdote entona el himno Gloria a Dios en el cielo.
10. Terminado el himno, el sacerdote dice la oración colecta:
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, que has querido que el Misterio pascual se actualizase bajo el signo sagrado de los cincuenta días, haz que los pueblos dispersos en la diversidad de lenguas se congreguen, por los dones del cielo, en la única confesión de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo tu hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Epístola (Rom 8, 22-27)
El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
Hermanos:
Sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.
Y no sólo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.
Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve?
Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.
Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
Palabra de Dios.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor.
Evangelio (Jn 7, 37-39)
Manarán ríos de agua viva.
✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.
El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó:
«El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”».
Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él.
Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.
Palabra del Señor.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Colma, Señor, estos dones con la acción santificadora de tu Espíritu, para que se manifiesta, por medio de ellos, aquel amor de tu Iglesia que hace brillar en todo el mundo la verdad del misterio de la salvación Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio:
El misterio de Pentecostés
℣. El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.
℣. Levantemos el corazón.
℟. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
℣. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Pues, para llevar a plenitud el Misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre los que habías adoptado como hijos
por la encarnación de tu Unigénito.
El Espíritu que,
desde el comienzo de la Iglesia naciente,
infundió el conocimiento de Dios en todos los pueblos
y reunió a diversidad de lenguas
en la confesión de una misma fe.
Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
En la misa de la vigilia y en la misa del día:
I. Cuando se utiliza el Canon romano, se dice Reunidos en comunión propio.
II. Cuando se utiliza la plegaria eucarística II, se dice la intercesión Acuérdate, Señor propia.
III. Cuando se utiliza la plegaria eucarística III, se dice el recuerdo propio en la intercesión Atiende
los deseos.
11. Si se celebran unidas las Vísperas y la misa, después de la comunión con la antífona El último
día de la fiesta, se canta el Magnificat con su antífona de las Vísperas ven Espíritu Santo; luego se
dice la oración después de la comunión y lo demás, del modo acostumbrado.
Antífona de comunión (Jn 7, 37)
El último día de la fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba». Aleluya.
Oración después de la comunión
Estos dones que acabamos de recibir, Señor, nos sirvan de provecho, para que nos inflame el mismo Espíritu que infundiste de modo inefable en tus apóstoles. Por Jesucristo, nuestro Señor.
12. Se puede utilizar la fórmula de bendición solemne (n. 10).
Para despedir al pueblo, el diácono, o el mismo sacerdote, dice:
Pueden ir en paz, aleluya, aleluya.
℟. Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.